Los chicos y chicas de 1º de la ESO han construido su propio bestiario de animales curiosos y variopintos, con palabras como Patatonio, Calamaniche, Gatobabosum y otras cosas parecidas. Un ejercicio de creatividad de la porfesora Modes, y cuyos mejores resultados montará en la biblioteca en los próximos días.
sexta-feira, 24 de fevereiro de 2017
quinta-feira, 23 de fevereiro de 2017
CÓMO ESTAR EN UNA BIBLIOTECA
Los niños de primero de Primaria acudieron en tropel a la biblioteca del colegio para intercambiar sus libros y también, en un ejercicio de María José y Jorge, sus profesores, para "saber cómo hay que comportarse en una biblioteca. Así que todos ellos, con libros en la mano y leyéndolos, estuvieron un minuto en total silencio, a pesar de abarrotar la biblioteca.
terça-feira, 31 de maio de 2016
RELATOS DEL ATENEO: 10/6
"10/6"
Caminaban
entres los frondosos árboles. Alicia se impresionaba con la cantidad de
frutos y flores distintos que había. El Sombrerero repentinamente se
paró haciendo que Alicia chocara con él. La cogió del brazo y comenzaron
a caminar rápidamente por el lado contrario.
-¿Qué pasa Sombrerero?- Dijo Alicia.
-Cartas de corazones... vigilando para reina, supongo.- Se rio.
Alicia insistió, pues ella no había escuchado pasos. El hombre se colocó el sombrero y miró fijamente a Alicia.
-Me cortarán la cabeza si te lo cuento.-
-Que nos la corten a los dos entonces.- La chica rio.- Nadie nos escucha, Sombrerero.
-Pero
me gusta mi cabeza...- Pensó unos instantes para luego indicar a la
chica que se sentara.- Pero sólo un poco, no tenemos mucho tiempo.-
Alicia se acomodó en la fría piedra haciendo que el Sombrerero empezara.
Era
una mañana de verano de hace mucho, mucho tiempo. Yo caminaba por este
mismo bosque pensando en cómo hacer un sombrero nuevo. Me paré al
escuchar llantos. No muy lejos de mí se encontraba una chica agazapada
contra un árbol y asustada.
Al principio no pensé en hacer nada, pues tenía asuntos pendientes más
-¿Dónde está la salida?- Dijo secándose las lágrimas.
-¿Salida? Siento decirte que aquí no hay salida... pero si vienes conmigo quizás pueda ayudarte.-
Me
empujó y comenzó a caminar hacia quien sabe dónde. No quería seguirla,
pero la curiosidad me comía. Decidido, la seguí hasta que llegó al lugar
donde se encontraba la oruga. Casi todo se llenó de humo por lo que
estaba fumando la oruga, así que sólo oí:
-iChica estúpida! iVete de aquí! Fuera! iNo quiero traidores a mi lado!-
Las flores también gritaron e hicieron todo lo posible por que se fuera de su lado:
-iLa chica de la profecía! iAléjate, no queremos problemas!-
Sentí una mezcla de asombro y decepción. iLa chica de la profecía! iY
pensar que la quería ayudar! Pero ella no sabía nada... era como una
mota de polvo en una habitación, indefensa. Corrió con lágrimas en los
ojos a causa de las groserías que las flores gritaban. A pesar de mi
temor, las mariposas no dejaban de revolotear en mi estómago, iY era joven e iluso!
Me
puse a mí mismo la excusa de protegerla, así que corrí tras ella. Se
detuvo delante del árbol más viejo que hay en el País de las Maravillas y
subió a su cima. ¿Qué debía hacer, subir o dejarla allí?
-¿Me vas a tirar si no lo hago?-
No
dijo nada más. Dejó que me sentara en la rama con ella, aunque cada uno
en una punta. Recapacité un momento. Era absurdo. ¿Realmente que hacía
yo allí? Ni sabía su nombre y la había seguido como si estuviera loco,
así que pretendía bajarme.
-¿No tienes más manzanas?-
Sonreí como un tonto cuando me habló. iQue voz más dulce tenía! Yo negué con la cabeza, pero la invité a un té. Dudosa, me dijo que sí.
-No es nada del otro mundo, pero siéntete como en casa.-
La velada estuvo muy bien. La chica ganó confianza, y yo... pues yo... iNi me acuerdo de su nombre!
El
Sombrerero se golpeaba la cara con el sombrero como si eso le fuera a
hacer recordar, pero lo tiró al suelo. Alicia no se sorprendió, pues se
había acostumbrado a la actitud loca del hombre. Bajó de la pierda y se
colocó en la cabeza al Sombrero. Por curiosidad le peguntó que pasaba
con el sombrero, pero sólo obtuvo un suspiro como respuesta. Alicia no
quiso molestar, aunque tenía ganas de seguir con la historia. Se
recolocó el vestido e hizo señas al Sombrerero para que se bajara.
-Alicia...son
los recuerdos de un loco...yo quiero contártelos, pero no soy capaz...
es demasiado...yo...- El Sombrerero estaba fuera de sí. Gritaba y se
golpeaba contra los árboles. Alicia no podía hacer nada, pues estaba
desconcertada.- iLa besé, Alicia, la besé! iA
pesar de que me quería cortar la cabeza la besé!- La chica dio una
bofetada al Sombrerero para que se tranquilizara- Gracias... ¿Sabes? Uno
se siente mejor cuando cuenta algo, aunque esté loco, así que no te
vayas...
Alicia
sonrió cual niña pequeña cuando le dan un caramelo. Al Sombrerero ese
gesto le dolió en lo más profundo de su alma, pues le recordaba a la
chica pelirroja. iQue rabia que no se acordara de su nombre!
-¿Te
has enamorado alguna vez? ... ¿No es horrible? Te hace tan vulnerable.
Abre tu pecho y tu corazón y significa que alguien puede entrar en ti y
deshacerte... el amor no tiene sentido... lo poco que pude reflexionar
sobre ello es muy sencillo. El amor es un concepto. Todo el mundo quiere
ser amado, a pesar de que eso no les va a llevar a nada. Al fin y al
cabo esa persona va a acabar cansándote de ti o muriéndose, y tú
molestándote por quererla y por darle todo de ti... aunque, a la vez, es
bonito. Era bonito ver sus ojos y bañarse en ellos...era bonito tocar
su pelo... era bonito acariciar sus mejillas. Nadie en el mundo podía
verla como yo lo hacía. Nadie en el mundo se sentía el hombre más
afortunado estando a su lado. Nadie sentía esas mariposas asesinas
viéndola sonreír. Nadie jamás en el mundo la quería como yo.- Alicia
estaba atónita, ¿Aquel era ese hombre de mirada curiosa que conoció una
vez? -Esto, - y enseñó a Alicia el papel de su sombrero, en el que ponía
"10/6"- se le cayó del bolsillo cuando se fue. La liebre me explicó de
lo que se trataba. Diez días con sus seis lunas. Es raro, pero
sencillamente ese era el tiempo que ella tenía para ser transformada. En
un arrebato de tristeza se lo conté, y por eso ella se marchó en la
noche del noveno día. Me lo quedé como recuerdo, aunque me duele más que
la propia locura. —Suspiró- Supongo que no quería hacerme daño, o
quizás se enfadó conmigo por retenerla allí para aquel horrible
destino... yo no quería que se fuera, yo no quería ese destino cruel que
nos envenenó para ella, porque ella me hacía sentir eso a lo que llaman
amor. No sabes lo que me dolió dejarla ir por aquel bosque y verla
convertirse en...
-En
la Reina de Corazones...- Dijo Alicia, y abrazó al Sombrerero como si
quisiera pegar todos los trozos rotos de su corazón, y hacer que
volviera a sentir que alguien le quería.
-¿Sabes?
Te pareces mucho a ella...- Agarró el rostro de Alicia con delicadeza y
se fijó en cada facción de la cara de la muchacha, y quizás debido a
los delirios del amor, vio reflejado el rostro de la pelirroja que tanto
quiso, con sus ojos bravíos como el mar y ese cabello que no
confundiría jamás, en el de
Alicia.
iQué
bonito es el mundo de los sueños! , pensó el Sombrerero guiando a
Alicia a matar al dragón que su misma amada mandaba para matarlos a
todos. Una vez allí, el Sombrerero olvidó todo ese amor que sentía y el
odio hacia la reina le invadió todo el cuerpo.
iQué ironía ver a aquella mujer gorda y pensar que alguna vez esa dama fue buena! , pensó Alicia.
Una
vez que la chica mató a la bestia, la Reina desató la guerra con ira
contenida en sus ojos. Aquello se estaba convirtiendo en una masacre
cuando al Sombrerero se le ocurrió la idea más loca que alguna vez pudo
pensar.
La Reina se encontraba apartada de todos para no recibir rasguño alguno.
Aunque
estaba protegida por algunas cartas de corazones, a las que el
Sombrerero pudo despistar fácilmente, la Reina se encontró en un aprieto
cuando sintió la espada del hombre en su cuello.
- Cállate y no grites o te mataré aquí delante de todos.-
- iEstúpido Sombrerero! iDéjame! iQue
le corten la cabeza!- La Reina chillaba y eso fue la gota que colmó el
vaso. Todo pasó muy rápido. El Sombrerero no era consciente de sus actos
y clavó la espada en el pecho de la Reina, que cual luz que se va
apagando, se iba convirtiendo en la chica con ojos azules, cabello
carmín y piel hecha de nieve. El Sombrerero rio, bailó y tiró su
sombrero por los aires. iLa
Reina de Corazones estaba muerta! Una manzana rebotó sobre su cabeza y
eso resultó ser la luz de sensatez que recibió el Sombrerero, ya que vio
que la reina se acababa de convertir en su amada, y reflexionó. Ella
estaba muerta, muerta por su culpa. Gritó de espanto, se arrodilló a su
lado, y la cogió entre sus brazos.
Dicen
que los gritos de dolor del Sombrerero se escucharon por todo el campo
de batalla, pero cuando fueron a socorrerle, sólo había dos cuerpos de
adolescentes tendidos en él suelo. El del chico rondaba los veinte y el
de la chica los diecisiete, pero Alicia los reconoció perfectamente.
-¿Por
qué lo hiciste, Sombrerero?- Se acercó al cadáver del chico y le dio un
beso en la mejilla, para después quitarle el sombrero, que más tarde se
encontró colgado en la casa de Alicia, como un sutil recuerdo del País
de las Maravillas.
Se
dice que tras la muerte del Sombrerero y su amada, si estás atento en
las noches de verano, se pueden escuchar sus risas, esas que marcaron
una historia de amor de locos, porque los locos también aman, quizás por
eso se vuelven locos.
Almendra rosa.
Sofía Montero
2 ESO.
domingo, 29 de maio de 2016
RELATOS DEL ATENEO (CÁCERES)
“DOLORES DEL ALMA”
Tengo una espina clavada en el alma,
Está intentando apoderarse de mí.
El dolor me va matando,
Ha sacado sus garras,
Se ha aferrado, no se quiere ir.
¡Ay dolor, dolor de mis penas!
Dime al menos si podré vivir.
No sé cómo, ni dónde, ni cuándo,
No sé nada, ¿por qué a mí?
Quieres enseñarme tu lado de malas,
Y me haces llorar,
Me has robado el reír.
Una mueca triste invade mi cara,
Mi cabeza va y viene sin saber a dónde ir.
¡Ay dolor, dolor de mi alma!
Quiero saber por qué estoy así,
Como un huésped llegaste a mi casa,
Y en el cuarto más oscuro te quedaste a vivir.
¡Ay dolores, angustias sin calma!
Me tienes anclado a un mundo gris.
No hay colores, ni rosas, ni ramos,
En mi mundo no hay nada
Que merezca este fin.
El
tintero se va consumiendo poco a poco, al igual que la única vela que alumbra
mi habitación esta fúnebre noche. Es muy tarde, lo sé, pero desde hace unos
meses mi vida ya no tiene horarios, y vaga días y noches buscando un sitio en
este mundo, con el alma a los pies. Acababa de terminar el primer poema de la obra
que narra mi vida, pero tristemente el papel ha acabado emborronado por culpa
de una traicionera lágrima, fruto de mi frustración.
Una
vez escuché decir a un hombre que vivía dos puertas antes que la mía, que el
dolor es él mismo una medicina, a lo mejor por eso he decidido contar mi
historia.
La
peor manera de morir de todas es la autodestrucción. Tal vez la mía vaya sobre
ello, o tal vez solo fue el destino quien decidió mi suerte, y cambió todas las
palabras risueñas de este escritor desentrenado.
Pero,
muy a mi pesar, mi corazón no ha ganado la batalla contra el miedo, y no ha
podido expresar por qué estoy aquí. Quizás, y solo quizás, con un poco de
esfuerzo, esta noche logre contar lo que el dolor se llevó de mí. Son las
cuatro y media de la mañana y he decidido empezar por el principio.
[…]
Ahí
estaba yo, joven y esbelto, sin una marca de vejez ni de cansancio en mi
rostro, rezumando felicidad. El apañado columpio era un poco inestable, la lluvia
y el granizo habían amenazado varias veces con derrumbarlo, y junto con él, a
mi infancia. Pero contra viento y marea mi columpio seguía allí, en el mismo
sitio de siempre, aguantando mi peso y mi presencia, sin derecho a replicar.
Hacía
varios días que me sentía especialmente feliz; mi padre me había dicho que la
primavera tenía algo que ver en todo esto, y que el polen me había afectado a
las hormonas, y me había regalado el poder de la risa. Por aquel entonces todo
me parecía digno de ser alabado, el monte, el columpio, los árboles, las
amapolas… ¡Dichosas amapolas que no me dejaban vivir en paz! Pero cómo hablar
de ellas en plural si solo era una… La más hermosa de las amapolas de ese abril
se paseaba día sí y día también por el pueblo, agarrada del brazo de su hermana
Clara, mirándome de reojo, con timidez, y marchándose tras un rastro de perfume
que envolvía mis sentidos, y la acera entera.
Al
final me armé de valor y salí a la plaza para esperar, como todas las tardes, a
que pasara ella, con un vestido despampanante y unos guantes blancos hasta el
codo, que realzaban sus manos y sus dedos y se convertían en mi centro de
atención. Esperando estuve tres cuartos de hora hasta que por fin llegó, esta
vez sola. Levanté la cabeza alarmado, buscando su mirada entre la multitud. Sus
ojos eran de un verde agua, tan sinceros y limpios, que reflejaban todo lo que
veían a su paso, también a mí. Es verdad eso de que los ojos son una ventana al
alma, pero solo para aquellos que están dispuestos a abrirlas de par en par,
como hacía ella cada vez que los posaba sobre los míos, cortándome hasta el
aliento. Corrí para poder alcanzarla y le agarré la mano. Mi corazón hacía
tanto ruido, que me dio hasta vergüenza.
-
¿Aurora?
-
Perdone, no le conozco, ¿por qué sabe mi nombre?
- Había escuchado hablar a las vecinas de
usted, dicen que lleva poco en el pueblo, ¿es cierto?
-
Sí, he llegado hace unos meses, mi hermana Clara y yo nos hemos mudado aquí
para alejarnos de la algarabía urbana. ¡Ah! Discúlpeme, su nombre es…
En
ese instante apareció mi padre y me cogió del brazo. Solo me dio tiempo a
decirle un apagado “hasta pronto”, que se convirtió en la promesa de que en
verdad, nos veríamos en el menor tiempo posible.
AURORA
Eres fuego, eres luz
Eres mía, pero sigues siendo tú.
Vida eres, y vida me das
Como lo prohibido, eres tabú.
Has abierto la puerta
Y has pasado primero,
Siempre irás primero tú.
El
campo lucía un verde intenso aquella tarde. Yo buscaba su mirada entre las
flores y su risa entre el canto de los pájaros. Nunca me había podido imaginar que
lo que realmente me enamoraría de ella era su templanza, su forma de hacérmelo
ver todo de color, trasladándome cada día a un mundo distinto al que vivía, sin
preocupaciones ni obligaciones. Solo con ella bastaba. Unas escasas seis letras
eran, y un solo nombre el que me hacía soñar.
Había
pasado ya un mes desde ese fugaz encuentro en la plaza. La promesa se hizo
realidad y cada día desde el mes que abría las tierras, iba junto a ella.
Paseábamos por las enrevesadas calles como dos completos enamorados, ciegos el
uno por el otro. Unas voces envidiosas murmuraban a nuestro paso,
convirtiéndose en un silbido molesto que nunca paraba de inventar. Pero, ¿qué
importaba, si al fin y al cabo yo era feliz? Porque gracias a Aurora mis pasos
eran más firmes y decididos. Ella era mi bastón al caminar, mi único recuerdo
de una vida que valía la pena vivir.
Una
noche a principios de verano tuve la necesidad de salir al campo. Las estrellas
me miraban centelleantes desde el manto nocturno, querían que les prestase
atención, y que borrara de mi mente el recuerdo de aquella joven, el motivo de
mi risa y de mi llanto. Hacía varios días que Aurora no era la misma. El rojo
de sus mejillas se estaba apagando y su cara se veía inmersa en una profunda
tristeza que me arrancaba el alma. Una vez empezó a toser bruscamente, y por la
falta de aire se desmayó. La llevé corriendo al hospital y le diagnosticaron
aquella maldita enfermedad que se quería llevar lo más preciado que tenía en la
vida. La soledad amenazaba muchos días con entrar en mi casa; yo luchaba contra
todo para que se quedara fuera, para que esperara el mayor tiempo posible, que
yo no podría vivir sin ella, que lo tenía que entender.
Me
dijo que nunca rompiera la promesa, que ella tampoco lo haría. Me dijo que no
iba a morir, sino a mudarse a un sitio más acogedor donde siempre viviría
feliz, dijo que se había comprado una casa en mi corazón; y que allí estaría
para siempre junto a mí, para no dejarme nunca solo.
Minutos
después mi frágil amapola marchitó. Tan delicados eran los pétalos que la
envolvían, que no fui capaz de cuidarla otra primavera más. Me sumí en un
invierno infinito, donde ninguna flor pudo brotar y crecer, y ni siquiera
perecer como aquella amapola de terciopelo que ahora descansa en lo más
profundo del alma de este atormentado ser.
DE
VIDA Y MUERTE
Vive un recuerdo temprano
En el cuerpo de un humano,
En sus manos.
Una semilla que se hizo planta
Que ahora duerme,
Que ahora descansa.
Vive el mundo
Y la vida pasa,
Han muerto mis sueños,
Perecido han mis ganas.
Todo lo tenía,
Ahora no tengo nada.
Es triste enamorarse,
Y luego empapar la almohada
Con lágrimas de oro,
Con fina sal de plata.
Te he buscado por tierra
Y no he encontrado nada.
Solo me queda tu espíritu,
La presencia de tu alma.
¡QUÉ
TRISTE!
Crece el naranjo en el patio,
Ya empieza a oler el azahar.
Flores blancas inundan los campos,
Ríos que llevan recuerdos del mar.
¡Qué triste haber sido y no poder pasar!
Las piedras buscando el azar se han colado,
Los peces salpican escamas de sal.
Crece en la mañana una azucena despacio,
Los colores del cielo intenta imitar.
Crece también la amapola en el prado,
La tierra de rojo ha podido manchar.
¡Qué triste haber sido y ahora no estar!
La oscuridad esta noche ha invadido mi patio,
Solo los olores puedo apreciar.
Y ahora solo y sin amparo espero,
Que el sol me deje volver a amar.
Pienso el día en que te quise con miedo,
Y a duras penas te dejé marchar.
¡Qué triste estoy y qué triste me veo!
Las cenizas del recuerdo intentan crepitar.
Donde hubo amor ahora hay recelo,
Por tu culpa las flores se han puesto a llorar.
RONOEL
(Leonor Trinidad, 2o ESO)
EL MUNDO DE LAS SOMBRAS
Ya era muy tarde, pero continuaba sin poder dormir.
Miré de nuevo por la ventana. Era estúpido, no iba a haber nada distinto desde
el último vistazo, pero; aun así, seguí mirando una y otra vez hacia allí.
Supongo que, de alguna forma u otra, estaba esperando que algo pasara, algo que
cambiara repentinamente la situación. Pero, por más que pasaba el tiempo, todo
siguió igual. Aun así, no me resigné a dormirme, pues si lo hacía, cuando me
quisiera dar cuenta sería de día, y quería prolongar las escasas horas que
faltaban hasta el amanecer lo máximo posible. Finalmente, y a pesar de todo mi
empeño, el sueño terminó por vencerme.
Me desperté y, deseando que siguiera siendo de
noche, giré la cabeza para poder ver el despertador. Eran las diez en punto.
Odiándome a mí misma por no haber sido capaz de permanecer despierta, me dejé
caer sobre la cama; y allí me quedé, mirando al techo, deseando con todas mis
fuerzas que el tiempo se parara para poder permanecer el resto de mi vida en
aquel instante.
Finalmente, me decidí a levantarme, después de
todo, no quería pasar el día tirada en la cama. Una vez hube salido de mi
habitación, me dirigí a la biblioteca. En el pasillo me encontré con Sara, una
chica un poco más pequeña que yo, cuya habitación estaba en la misma planta que
la mía. No hablábamos casi nunca, por lo que no esperaba que me dijera nada,
pero, para mi sorpresa, no fue así.
-¡Hola! Feliz cumpleaños-dijo ella.
-¿Qué tiene de feliz?-contesté yo.
-No sé… cumples catorce, ¿no deberías estar
contenta?
-Pues no.
-Ah… Bueno, hasta luego.
-Adiós.
No sé por qué le dije eso. Simplemente podía
haberle dado las gracias e irme, pero supongo que necesitaba decirle a alguien
lo que pensaba realmente, y tuvo que ser con aquella chica que, al pretender
ser amable, me había recordado lo único de lo que no quería hablar en ese
momento, mi cumpleaños. Ahora tenía catorce, y casi con toda probabilidad
tendría que quedarme en aquel horrible orfanato cuatro años más, hasta que
pudiera irme al ser mayor de edad, pues casi todo el mundo adoptaba bebés o
niños muy pequeños.
Llegué a la biblioteca, cogí el primer libro que vi
y me senté. Lo abrí y empecé a leer vagamente las páginas, pero, poco a poco,
una idea se formó en mi cabeza que acabó por apartarme completamente de la
lectura. ¿Y si me escapaba? Esa semana había mucha menos gente trabajando, ya
que el lunes y el martes era fiesta y muchos habían aprovechado para cogerse
unos días libres. Era sábado, así que posiblemente nadie se daría cuenta de mi
ausencia hasta el miércoles. Además, tenía el dinero suficiente como para coger
un autobús a alguna ciudad cercana. El único inconveniente es que tendría que
ser hoy, pues así me daría tiempo de sobra para alejarme lo máximo posible, y
si decidía esperar, pasarían meses hasta otra oportunidad así. Era muy
precipitado, pero tampoco iba a echar nada de menos. Estaba decidido, hoy por
la noche esperaría a que todo el mundo se durmiera y me iría.
Esperé varias horas hasta que todas las luces
estuvieron apagadas, salí sigilosamente de mi habitación y recorrí los pasillos
que me separaban de la puerta principal. Una vez hube salido del edificio y
hube recorrido dificultosamente las calles debido a la escasa luz de las
farolas, llegué a la estación de autobuses. Compré el billete más barato que
pude encontrar a un pueblo no muy lejano, a unas dos horas de camino. El
autobús salía en una hora, así que me senté y me puse a pensar sobre lo que
haría más adelante.
Habían pasado ya casi cincuenta minutos cuando, de
repente, un hombre que llevaba ya un rato deambulando por allí, cogió mi
mochila y salió corriendo. Ahí estaba guardado el billete y todo el dinero, así
que ni mucho menos podía perderla.
Salí corriendo detrás de él. Crucé corriendo la
carretera, no miré, así que no vi que en ese momento un coche estaba a punto de
pasar. De milagro no me atropelló, pero ahora el ladrón se había alejado y casi
no podía verle. Aceleré el paso y finalmente conseguí alcanzarle.
Pasé a través de estrechas callejuelas por las que nunca
antes había pasado, hasta que le perdí la pista en una especie de plaza. Estuve
un rato intentando encontrarle, pero no pude, en parte debido a que no me alejé
demasiado de allí por miedo a perderme más de lo que ya estaba.
No sabía qué hacer. Había perdido el billete de
autobús y todo el dinero, y por si fuera poco no tenía ni la menor idea de
dónde estaba y no recordaba el camino de vuelta. Me fijé más detenidamente en
aquel lugar. La plaza estaba delimitada por un cuadrado de baldosines, que en
otro tiempo probablemente fueron blancos, pero que ahora eran de un profundo
tono grisáceo; alrededor había varios edificios bajos, de uno o dos pisos, que
parecían no haber sido habitados por nadie desde hacía mucho tiempo; en el
centro de la plaza había una iglesia. Decidí entrar para ver si había alguien
que pudiera indicarme como volver. Dentro había un sacerdote. Estaba tan
ensimismado con sus rezos que no me oyó entrar.
-Disculpe-dije yo.
-¿Sí? –contesto él cuando volvió a la realidad.
-Me he perdido, ¿podría decirme cómo se vuelve al
centro?
-Lo siento, pero hace años que no me salgo de esta
zona, ya no me acuerdo del camino, de hecho me sorprende que hayas venido tú,
hacía mucho tiempo que nadie venía por aquí.
-¿No hay nadie que sepa cómo llegar?
-No creo, a lo mejor Marcos sabe algo, pero no
llega hasta mañana.
-¿Mañana? Pero ya es de noche y tengo que volver,
¿no hay nadie más?
-Me temo que no. Aunque si quieres puedes quedarte
aquí, hay algunas habitaciones, en las que antes se alojaban los peregrinos,
pero, como ya te he dicho antes, esto está vacío desde hace mucho.
No me apetecía pasar la noche en aquel siniestro
lugar, pero no tenía otro remedio.
-Vale, gracias.
-Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Carolina, ¿y usted?
-Sebastián.
Esperó unos segundos antes de continuar.
-¿No serás por casualidad Carolina Martín?
-Sí, ¿cómo lo sabe?
-Yo te bauticé en esta misma iglesia hace trece
años, lo recuerdo porque en el bautizo solo estuvisteis tú y tu madre.
-Sería otra persona, yo no nací en esta ciudad.
-Espera un segundo.
Se fue y cuando volvió traía consigo un papel, me
lo entregó. Era una partida de nacimiento, y ponía mi nombre y el de mi madre.
-Tiene que ser un error.
-No lo es, me acuerdo de ti, y de tu madre, por
entonces tendría unos veinte años, ¿no es así?
-Sí, acababa de cumplir veintiuno.
-¿Cómo os va?
-Ella murió hace once años, cuando yo tenía tres.
-Lo siento mucho.
-No importa.
Después me despedí y pasé a la habitación en la que
pasaría la noche. No era muy espaciosa, tenía lo más básico, es decir, una cama,
una silla y una mesita de noche. Todo estaba lleno de polvo, por lo que supuse
que nadie se había molestado en limpiar allí desde que ya no había peregrinos.
Me dormí rápidamente debido a todo lo que había pasado hoy, pero mis sueños
estuvieron llenos de edificios abandonados e iglesias siniestras.
Me desperté y busqué al cura para preguntarle si
había llegado ya ese tal Marcos, pero no lo encontré, así que me senté en un
banco para esperarle. Pasaron diez minutos cuando un hombre entró en la sala en
la que me encontraba. Antes de hablar me miró unos instantes, como si estuviera
analizándome.
-¿Quién eres?
-Me he perdido y no sé cómo volver al centro.
-Ah, tienes que ir por esa calle y luego girar a la
derecha, después subes una cuesta y cruzas la carretera. Luego si quieres te
acompaño…
- Carolina.
-Yo soy Marcos.
-Ya, el otro cura me habló de usted.
-¿Qué otro cura?
-Sebastián, estaba aquí anoche.
-Anoche no había nadie, te lo habrás imaginado. De
todas formas creo que antes aquí había un sacerdote llamado así, pero falleció
hará unos diez años.
Palidecí de repente.
-¿Estás bien?-preguntó.
-Sí, pero me tengo que ir.
Me fui tan rápido que no alcancé a escuchar su
respuesta, pero solamente pensaba en irme de aquel lugar. Empecé a correr por
calles al azar sin fijarme en qué dirección estaba avanzando, hasta que llegué
a una pequeña panadería. Entré para preguntar si alguien sabía cómo podía salir
de aquel lugar. Pero allí estaba Sebastián. Me fui corriendo, pensando que no
me había visto, pero no fue así, porque salió también de la tienda.
-Espera, Carolina.
-¿Qué quieres? ¡Déjame!
-¿Qué te pasa?
-He hablado con Marcos.
-¿Y qué te ha dicho?
-Que no hay más curas aparte de él, y que el
anterior murió hace diez años.
-¿Eso te ha dicho? No es verdad. Nunca fallecí, me
fui.
-¿Dónde?
-Aquí.
-¿Qué?
-Verás, este no es tu mundo, aunque lo parezca, es
el Mundo de las Sombras. Al venir debes de haber cruzado una de las entradas
que comunican los dos mundos.
-Estás loco, me voy de aquí.
-¿Segura? Fíjate en ese árbol, no tiene sombra,
porque ya es una sombra.
Era verdad, ni el árbol, ni nada de allí tenía
sombra.
-¿Qué está pasando?
-Ya te lo he dicho, este no es tu mundo.
-¿Y cómo puedo volver?
-No puedes, es imposible.
-Tiene que haber alguna forma, si hay una entrada tiene
que haber una salida en alguna parte, ¿no?
-No la hay. En este mundo vive la gente que no quiere
estar en el Mundo de los Mortales. Porque no son como ellos, son sombras,
aunque cuando llegan aquí todavía no lo saben. Verás, por cada persona que
nace, nace una sombra, a simple vista parecen mortales corrientes, pero no lo
son; así que, tarde o temprano, acaban viniendo aquí, huyendo de su mundo.
-¿Estás diciendo que soy una sombra? Yo no estaba
huyendo de mi mundo.
-¿Segura? ¿Y por qué escapaste del orfanato
entonces? ¿Y acaso no te sentías diferente, invisible para todo el mundo?
-A veces, pero…
-Estarás mejor aquí. Además, aunque quisieras, no
podrías irte.
Pasó el tiempo rápidamente, pues, la verdad, todos
los días eran exactamente iguales y acabé perdiendo la cuenta de los días que
llevaba allí, así que se lo pregunté a Sebastián.
-No lo sé, pero tampoco importa demasiado-respondió
él.
-¿Por qué?
-Porque aquí la gente ni envejece, ni muere; porque
aunque un mortal envejezca, su sombra no envejece, y cuando este muere, su
cuerpo sigue teniendo sombra.
-Pero yo no quiero seguir viva siempre.
-Te acostumbrarás, algunos llevan aquí miles de
años.
Durante varios días estuve pensando en algo que no
lograba explicarme, así que al fin me decidí a preguntar por ello a Sebastián.
-He estado pensando, si nadie puede salir de este
mundo, ¿cómo es que te vi en la iglesia aquella noche?
-Mejor no sigas por ese camino.
-¿Qué quieres decir? Quiero saber qué está pasando.
-No puedo decírtelo.
-¿Por qué? Acabas de decirme que tengo que quedarme
aquí para siempre, y si hay alguna posibilidad de que pueda marcharme tienes
que decírmela.
Estuvo reflexionando sobre ello un rato hasta que
por fin contestó.
-Escucha, puedes salir de aquí si quieres, pero si
lo haces no podrás volver atrás.
-Está bien.
De repente aparecí en una sala de un hospital, yo
estaba en la camilla, con una máscara de oxígeno, y observaba todo desde fuera
de mi cuerpo. Había varias enfermeras en la habitación, pero no podían verme. Un
libro estaba abierto encima de la mesa, con mi historial médico: “Carolina
Martín, catorce años, accidente de tráfico”.
Mi muñeca estaba conectada a un aparato que medía
mis pulsaciones, que eran cada vez más débiles. Vi cómo empezaba a llegar gente
que intentaba que no se me parara el corazón, de momento sin resultado. Me
miré, estaba empezando a desaparecer.
De repente recordé todo, cuando crucé la carretera persiguiendo
al hombre que me robó la mochila no llegué a esquivar el coche, sino que me
atropelló y me llevaron al hospital.
En cuanto al Mundo de las Sombras, supongo que
nunca llegaré a saber si todo fueron imaginaciones mías o mi alma realmente
salió de mi cuerpo y viajó hasta allí.
Rosa Azul
Silvia Irene Lorenzo
2 de ESO
Subscrever:
Mensagens (Atom)












df
